Apaga la luz y alza la voz por el planeta

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25 marzo 2021
Por Susan Díaz
Coordinadora de la Hora del Planeta en Chile


Este sábado 27 de marzo celebraremos una nueva Hora del Planeta en modo pandemia, un contexto que nos obliga a dejar de lado los eventos presenciales y concentrarnos en acciones digitales y llamados a sumarse desde casa, tal como el año pasado.

Este escenario, sin embargo, se hace inesperadamente propicio para volver a pensar el sentido de esta campaña global de WWF, que partió hace más de una década con un llamado masivo y voluntario a apagar las luces no esenciales como símbolo de preocupación por el cambio climático. Hoy no solo nos quita el sueño la emergencia del clima, sino que también, la acelerada pérdida de biodiversidad a nivel mundial. El Informe Planeta Vivo, publicación de referencia de WWF, arrojó cifras alarmantes en su última edición del 2020: las poblaciones monitoreadas de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios han sufrido una caída promedio de 68%; declive que es incluso más preocupante en Latinoamérica, donde ese porcentaje alcanza el 94%. Todo esto, en el breve lapso que va desde 1970 a 2016.

Números más o números menos, las tendencias que muestra la naturaleza nos hablan de una crisis profunda y urgente, tal como se nos ha presentado también el desafío sanitario, social y económico del COVID-19. Sin embargo, estas dos “pandemias” no son casuales y hemos podido darnos cuenta o volver a tomar conciencia respecto a esos hilos, en ocasiones invisibles y otras veces muy evidentes, entre un planeta sano y la salud de las personas y las comunidades.

Diversos estudios coinciden en que mantener ecosistemas o hábitats bien conservados, con una gran variedad de especies (biodiversidad) y un número importante de ejemplares (población) permite que los virus se distribuyan entre las distintas especies, con muchas posibilidades de acabar en alguna que bloquee su dispersión. A ello se suma la existencia de animales que depredan preferentemente los ejemplares más débiles y enfermos. Esto configura una forma de control natural frente a los efectos de posibles enfermedades en la propia población y también reduce notablemente el riesgo de transmisión a otras especies.

Sin embargo, destruir y alterar la naturaleza, como lo hemos venido haciendo desde hace varias décadas, marcadas por un creciente impacto humano sobre los ecosistemas y la vida salvaje, a lo que también debe sumarse el cambio climático, debilita los ecosistemas naturales y facilita la propagación de patógenos. Así, aumenta el riesgo de contacto y transmisión al ser humano, con los consiguientes efectos negativos sobre nuestra salud.
En otras palabras, cuando rompemos el equilibrio de los ecosistemas también estamos alterando patógenos potenciales y entramos en contacto directo con virus desconocidos que pueden ser letales para nuestra propia especie. No es coincidencia que una de las principales causas de la pérdida de biodiversidad en los sistemas terrestres sea el cambio del uso de suelo, por ejemplo, la conversión de hábitats nativos prístinos (bosques, praderas o humedales) en sistemas agrícolas.

Aún no tenemos todas las respuestas sobre el origen del coronavirus, pero sabemos que se trata de una zoonosis (enfermedad transmitida desde un animal al ser humano). Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), existen más de 200 zoonosis conocidas, entre las que se cuentan la rabia, el dengue, el SIDA, el Síndrome Agudo Respiratorio Severo (SARS), y también el hantavirus (VH), principalmente en el sur de nuestro país y Argentina. Quizás no lo imaginábamos, pero más del 70% de las enfermedades humanas en los últimos cuarenta años han sido transmitidas por animales salvajes. Al año, las zoonosis ocasionan cerca de mil millones de casos de enfermedades y millones de muertes.

Este tipo de afecciones podrían representar la amenaza más importante para la salud de la población mundial en el futuro. Por lo mismo, es indispensable conocer y prevenir el brote de nuevas pandemias globales, entendiendo que la actual crisis de salud pública en realidad está directamente vinculada a una crisis de la salud del planeta y de pérdida de biodiversidad.

Una naturaleza sana y equilibrada actúa como una defensa ante este y otros muchos problemas. Su conservación y defensa es la garantía para prevenir futuras pandemias y hacernos más fuertes y resilientes frente a las que vengan. Solo tenemos un planeta y su salud está íntimamente ligada a la nuestra, es algo que debemos asumir diariamente en nuestra vida cotidiana, pero también exigir que las organizaciones, empresas y gobiernos igualmente lo reconozcan y, lo que es más importante, lo consideren a la hora de tomar decisiones.
La Hora del Planeta y el acto de apagar la luz nació hace más de 10 años como un gesto de involucramiento de las personas con el planeta.  Hoy más que nunca necesitamos que sea palpable este compromiso.  Buscamos que millones de personas en Chile y el mundo alcen la voz por la naturaleza, su futuro saludable y nuestro futuro posible. Partamos este 27 de marzo, a las 20:30 horas y seamos parte de la Hora del Planeta.
 
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